martes, 5 de abril de 2011

Pequeño relato

Esta será la última entrada por mucho tiempo. No me encuentro con ganas de escribir aquí, así que me pasaré de vez en cuando por los blogs pero no actualizaré. Aún así, quería dejar esto. Era para un concurso local, pero al final se ha quedado en nada y no quiero que se pierda.

Era la hora de dormir. Fuera había empezado a llover, y un niño pequeño recordaba una conversación con su madre.
Ese día, mientras almorzaban, y como siempre, habían puesto las noticias. Damián, de seis años, veía gente llorar, ruido de pistolas, y más gente llorando. "Pobre gente", mascullaba su madre entre dientes a cada rato.
-Mamá... ¿qué les pasa a esas personas?
-Bueno, hijo, les han pasado cosas malas -decía, mientras sonreía cálidamente en su dirección.
-¿Cosas malas? ¿Se ha hecho daño?
La mujer frunció el ceño.
-Damián, las personas no sólo lloran porque se hayan tropezado con una piedra y se hayan raspado las rodillas, ni porque se hayan perdido su programa preferido en televisión -explicaba-. Las personas también sufren porque han perdido a alguien muy querido, y no lo volverán a ver, o porque han soportado cosas que no querrían ni para su peor enemigo. Necesitan expulsar las malas experiencias por alguna parte. Has de entender, Damián, que en algunos lugares del mundo, una raspadura es casi una caricia, y que mucha gente no dispone siquiera de agua potable, mucho menos una televisión.
El niño frunció el ceño.
-Pues no me parece justo. ¿Es un castigo, mami? ¿Han hecho algo malo?
El vídeo de una bomba proveniente del televisor los alertó a ambos. La mujer se quedó unos segundos prendada del aparato, antes de volverse otra vez a su hijo.
-No, Damián. A veces, las cosas ocurren sin más. No, no es justo. Mira, cariño, llueve. ¿Por qué llueve aquí, y no en cualquier otro lugar?
-Pues no... no lo sé.
Ella sonrió y dio por terminada la charla.
Ese día había chispeado de forma intermitente. Sendos nubarrones se habían cernido sobre la ciudad, incapaces de decidir si descargarse o no. Y era ahora, por la noche, cuando por fin las gotas caían con la fuerza de un disparo.
Cualquiera creería que un niño de seis años, al acostarse, pensaría en lo genial que sería encontrarse al día siguiente con sus amigos, o incluso que se asustaría de la lluvia. Pero no. Él reflexionaba. No era justo que las cosas ocurrieran porque sí. ¿Por qué llovía en ese lugar? ¿Por qué ese ruido, esos golpes, ese frío?
Damián sonrió. Sabía que al día siguiente, en su pequeño lugar del mundo, las nubes negras se habrían ido, y sólo habría un cielo azul.


Está sin corregir, así que puede haber bastantes erratas. He querido comparar la última parte (el ruido de los disparos, los golpes y el frío) con el mundo exterior, pero al final decidí dejar llevarme por el egoísmo natural humano, y por eso el niño sonríe, ya que él no tiene problemas. Y tal.

sábado, 29 de enero de 2011

Regreso otra vez :D

Sí, ya lo sé, voy y vengo cuando me da la gana, pero es que entre que me paso el día leyendo y estudiando por el instituto, no tengo tiempo para nada (¿tú, estudiar? Tú lo eres es una vaga redomada que te pasas más tiempo durmiendo que un colchón). Vale, tal vez lo de estudiar y hacer los deberes, que es precisamente lo que me debería interesar por el trato que hice con mis padres, lo deje un poco mucho de lado, pero es que no lo aguanto.

¡Ah, sí, el trato con mis padres! Resulta que si saco cuatro sobresalientes para junio me dejan hacerme un piercing industrial ^^

¿Sabéis? Me he terminado Harry Potter ^^ Hace una semana, en realidad, antes de mi cumpleaños (sí, mi cumpleaños fue el 25 de este mes xD)

Tengo que pasarme por un montón de blogs que tengo en el más absoluto abandono. Lo siento, de verdad. Mientras tanto tendré que cambiar mi perfil, a lo mejor me cambio el nombre, no lo sé.

Espero que vosotros estéis bien, ya pondré algo más interesante cuando tenga algo que merezca la pena. Por cierto, ¿al final os enseñé el relato para Coca-Cola? Ya lo he entregado y ahora queda en manos del colegio la pre-selección y tal. La maestra me dijo que le gustaba, pero había algunos bastante buenos también. Lo subo, así ya lo tengo en el ordenador, corregido, bonito y presentable xD


Sentada en un desvencijado banco de madera, echada hacia atrás, notó cómo empezaba a caer la nieve. Los copos, apenas más grandes que una pestaña, se fundía antes de tocar su piel.

Contuvo un grito de fastidio. No esperaba que el invierno llegara tan pronto. Aborrecía con toda su alma el mal tiempo, y tenía pensado irse en unas semanas.

Se incorporó. No sabía por qué huía, tarde o temprano tendría que volver al trabajo.

-Hola -la saludó una niña de unos seis años, abrigada hasta los topes-. ¿No tienes frío?

Se observó. Llevaba una camiseta gris, que en otro tiempo fue blanca, y unos vaqueros desgastados.

La niña alargó el brazo y agarró el suyo. Retiró la mano enseguida. Una calor abrasador había atravesado los guantes.

-No, no tengo.

La niña, por respuesta, alargó de nuevo el brazo y le entregó una bufanda, que dejó en su regazo, y se fue corriendo antes de que la chica pudiera rechazarla.

Con cuidado de no tocar demasiado la prenda, la metió en su bolso. Sonrió. ¿Por qué debía seguir siendo ella? ¿Por qué su trabajo era tan malo? ¿Por qué no podía dejarlo?

Ah, sí. Por el dolor.

Se dobló en dos. Un desgarro en su pecho la hizo gritar. Una sola gota de sangre escapó entre sus lágrimas, la cual echó raíces y extendió su color rojo por la fina capa de nieve que se había formado.

¿Qué estúpido inventó el dolor?

Y, como siempre, cedió.

Se levantó, con esa herida en el pecho, y caminó mientras la gente gritaba debido a la nieve, ahora de un siniestro color rojizo.

La tormenta aumentó, pero siguió caminando. Llegó hasta el más alto rascacielos de la cuidad. La nieve se apartaba a su paso, casi intimidada por el calor que desprendía.

El portero fue un pequeño obstáculo, pero ya estaba acostumbrada a hacer daño a gente inocente.

Apenas podía moverse, debido al dolor, así que subió en el ascensor. El tiempo que tardó en llegar arriba le pareció eterno. Allí, tuvo que subir una escalerilla fina y casi ridícula, haciendo acopio de toda su fuerza.

Era un paisaje maravilloso. Desde la azotea, podía ver la ciudad extenderse, con una suave capa nívea.

Cerró los ojos, antes de ponerse a llorar, y cantó. Su voz habría extasiado hasta al crítico menos impresionable. Casi mejor que los ángeles...

Terminó la canción con la impresión de que había pasado un segundo, pese a que estaba segura de que no era así.

El paisaje era completamente diferente. Las llamas lamían con insistencia cada edificio, e incluso desde aquel punto tan alto, podía oír los gritos. Ya no le dolía el pecho, y sin embargo, empezó a llorar, mientras gritaba al aire.

-¡Era mi trabajo, lo siento! Yo sólo cumplía con mi trabajo.

Cogió aire mientras se quitaba las lágrimas caídas de las mejillas.

-Soy la ayudante de la muerte. Ni siquiera me dieron nombre allá de donde vengo. Soy más que un demonio, pero menos que un humano. Deciden por mí. Y... el dolor es... insoportable, ¿vale...? Lo siento...

Sin más, se subió al pequeño escalón que había en el borde. Ya no podía hacer nada. Pero había pedido perdón, lo sentía de verdad. Tal vez eso limpiaría un poco su alma.

"Ojalá", pensó, mientras se lanzaba al vacío.